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¿Therian o síntoma de algo más profundo?

¿Therian o síntoma de algo más profundo?

En los últimos meses, el término “Therian” se volvió viral en redes sociales. Jóvenes que se identifican con animales, que adoptan gestos, máscaras o conductas asociadas a otra especie, y que encuentran en comunidades digitales una validación inmediata.

Pero más allá de la sorpresa o la polémica, la pregunta que emerge es otra: ¿qué nos está diciendo realmente este fenómeno sobre nuestra sociedad?

Vivimos en una era donde la conexión es permanente, pero la mirada humana es cada vez más escasa. Parques vacíos y servidores llenos. Familias que comparten el mismo techo, pero no siempre la misma conversación. Padres físicamente presentes, pero emocionalmente absorbidos por una pantalla.

La adolescencia es, por naturaleza, una etapa de búsqueda de identidad y pertenencia. El cerebro adolescente —con un lóbulo prefrontal aún en desarrollo— necesita estructura, límites y, sobre todo, vínculos reales que le devuelvan una imagen clara de quién es. Cuando esa “manada” no se encuentra en casa, en una mesa donde se escuche y se mire a los ojos, puede aparecer en cualquier otro lugar: un foro, un algoritmo, una comunidad que valida sin cuestionar.

Los especialistas en salud mental advierten que la hiperconectividad no es negativa en sí misma, pero sí puede convertirse en un refugio cuando el mundo real se percibe caótico, incierto o emocionalmente distante. En un entorno marcado por crisis, ansiedad colectiva y sobreexposición digital, ser “algo distinto” puede sentirse más simple que enfrentar la complejidad de ser humano.

Criar hoy exige una presencia radical. No solo supervisión, sino vínculo. No solo reglas, sino coherencia. Límites que ayuden a organizar el pensamiento y afecto que sostenga la identidad.

El debate no debería centrarse únicamente en la tendencia, sino en el contexto que la permite crecer. ¿Estamos criando hijos o formando usuarios? ¿Estamos ofreciendo pertenencia real o delegándola a un algoritmo?

Tal vez el desafío no sea combatir una moda, sino recuperar algo más esencial: la conversación sin notificaciones, la mirada sostenida, la escucha activa. Porque, en medio del ruido digital, la identidad humana sigue necesitando lo mismo de siempre: conexión auténtica.